Un espacio para la esperanza en Colombia, un país asustado
Colombia no pasa por un buen momento. Hace una década, la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC se vio como el paso decisivo que iba a poner fin al conflicto armado más longevo de América Latina. Entonces Colombia pudo enorgullecerse de haber llevado a cabo un proceso de diálogo exitoso, modélico, que la alejaría definitivamente de la violencia.
Hoy, casi diez años después de aquellos acuerdos de paz, el panorama no es alentador...
En el país abunda la sensación de que la situación se está deteriorando con rapidez. En varias regiones siguen operando diversos grupos armados, como las llamadas disidencias de las FARC —que no acatan el acuerdo de paz de 2016—, el ELN y grupos afines al paramilitarismo o al narcotráfico, que combaten entre ellos, o con el ejército, por el control del territorio. Varios atentados recientes en Bogotá, en Cali y en otras ciudades han incrementado la sensación creciente de inseguridad, y parecen indicar que el sueño de la paz está hoy más lejos que hace unos años. Por desgracia, no parece que el buen propósito del Gobierno actual, de conseguir una «paz total» a base de dialogar con todos y cada uno de los grupos armados, esté dando los frutos deseados. El abrumador poder del narcotráfico, en especial, se alza como un obstáculo aparentemente insalvable para que se logre la paz, y, con ella, la justicia y el desarrollo en el país más desigual de América Latina.
Esta situación tiene consecuencias para la vida cotidiana de los colombianos y las colombianas. En primer lugar, huelga decirlo, para las personas que padecen directamente el conflicto armado, las víctimas, las desplazadas y las familias que han perdido a sus seres queridos a causa de la violencia. Pero la situación actual también afecta a quienes tal vez no están inmersas directamente en el conflicto, pero sufren al contemplar con impotencia como su país no solo no mejora, sino que corre el riesgo real de deslizarse por una pendiente muy peligrosa de mayor inestabilidad, inseguridad, criminalidad e injusticia.
Es imposible calibrar el estado de ánimo de un país de 53 millones de habitantes. Sin embargo, la experiencia a pie de calle, hablando con gente diversa, sugiere que la sociedad colombiana está inquieta, incluso asustada, tal vez desesperanzada.
Colombia es hoy un país preocupado, en el que no se respira optimismo.
En este contexto sería fácil, o incluso lógico, pensar que un proyecto tan modesto y local como el que Sendera y la Comunidad de San Pablo llevan a cabo en el sur de Bogotá es fútil, y que los programas educativos para niños, niñas, jóvenes, adultos y adultas que desde el 2018 venimos desarrollando en el Centro Comunitario Casa Garavito, en el barrio El Pesebre de la Localidad Rafael Uribe, prácticamente carecen de sentido. ¿Cómo pueden transformar una realidad tan compleja, con unos retos tan formidables?
No obstante, si bien es cierto que el impacto de nuestro proyecto es minúsculo si lo contemplamos frente el telón de fondo de la situación del país, también es verdad que, seguramente, proyectos como el de Casa Garavito son ahora más necesarios que nunca.
Ante la violencia creciente, la inestabilidad y la enorme desigualdad que afecta Colombia, nuestro proyecto social es realmente insignificante. Sin embargo, no es insignificante para las setenta mujeres que aprenden a coser o a trabajar las uñas en nuestro taller de costura y en las clases de «manicure». Ni para la infancia, treinta jóvenes en total, que vienen todos los días al programa de refuerzo escolar, ni los y las que aquí aprenden inglés, música o arte, ni para las cien personas que se benefician de nuestro servicio de atención psicológica a lo largo del año, o las que acuden a nuestro consultorio odontológico.
Tampoco es irrelevante nuestra labor para los habitantes de la calle de estos barrios, que vienen aquí a ducharse, a cambiarse de ropa y a desayunar, o que reciben el sándwich que nuestro grupo de personas voluntarias les ofrecen durante la Ruta del Aguapanela que mensualmente nos lleva a caminar las calles del barrio. Ni para las setenta familias vulnerables que periódicamente reciben una bolsa con alimentos básicos, que les ayudan a llegar a final de mes. Ni para los y las veinte estudiantes universitarias a quienes brindamos una beca para que puedan seguir con su preparación profesional. Ni para las personas que reciben medicamentos gratuitos en nuestra farmacia parroquial.
En realidad, para las más de 700 personas que de un modo u otro participan en los proyectos de la Comunidad de San Pablo y Sendera en los barrios de La Resurrección, Granjas de San Pablo y El Pesebre, esas iniciativas no sólo representan una ayuda para solventar una necesidad concreta (la beca, la atención psicológica, el aprendizaje, la bolsa de comida…).También son un signo. Un signo de esperanza, hoy más necesario que nunca, que indica que por muy amenazante que pueda parecernos a veces la realidad, las personas no podemos dejar de imaginar un futuro digno e ilusionante para nuestra vida y la de nuestras familias.

Cada persona adulta y cada niño y niña que recibe formación en Casa Garavito, cada estudiante que solicita una beca para continuar su carrera universitaria o cada persona que acude a nuestro servicio de atención psicológica para sanar heridas es alguien que, de algún modo, no se ha dejado arrastrar por el pesimismo prevalente y dice, con su compromiso, que él o ella todavía cree en un futuro mejor. Tal vez podríamos agregar un par de objetivos a la lista de los que ya tiene Casa Garavito: combatir el miedo y promover la esperanza.
Harían falta mil, o cien mil Casas Garavito para levanta rel ánimo de tanta gente que hoy mira el futuro de su país con desconfianza y pesimismo, incluso con temor. De hecho, en Bogotá y en Colombia existen infinidad de iniciativas parecidas (promovidas por la Iglesia, las Juntas de Acción Comunal, las asociaciones de vecinos…), lo cual es un motivo de alegría. Nuestra Casa Garavito quiere ser precisamente este espacio de esperanza para las personas que se acercan. Estoy seguro de que, si siguen acudiendo, es porque aquí encuentran motivos para decirle no al temor y al pesimismo.
Este artículo fue publicado, originalmente, en la Revista 2025 de Sendera ONG.
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