Una madrugada en Meki
Una madrugada en Meki me vino a la cabeza un párrafo de la novela Los pasos perdidos, del escritor cubano Alejo Carpentier: “Debemos buscar el comienzo de todo, de seguro, en la nube que reventó en lluvia aquella tarde, con tan inesperada violencia que sus truenos parecían truenos de otra latitud.” A la lluvia volveremos más adelante.
Durante la reciente visita de seguimiento del proyecto financiado por la AECID (Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo) y ejecutado por Sendera ONG en Meki, región de Oromía (Etiopía),fue posible constatar el impacto positivo que está teniendo esta iniciativa en la vida de 1.590 mujeres en situación de pobreza extrema. Muchas de ellas han llegado a Meki huyendo de la inestabilidad y los conflictos que afectan a las zonas rurales de la región. Mujeres responsables de sus hogares, muchas veces solas, que han encontrado aquí no solo un lugar donde reconstruir su vida, sino también una oportunidad para hacerlo con dignidad.
El proyecto, impulsado por Sendera ONG y la Comunidad de San Pablo, y que cuenta con la colaboración de autoridades locales y comunitarias, busca fortalecer la participación de estas mujeres en la vida pública y mejorar sus condiciones de vida a través de diversas estrategias. Una de las principales es la organización en grupos de ahorro comunitario, que no sólo les facilitan el acceso a pequeños créditos, sino que también fomentan la cooperación, la confianza mutua y la independencia económica.
A través de talleres y capacitaciones, las participantes están adquiriendo herramientas concretas para emprender sus propios negocios, al tiempo que se abordan temas relacionados con los roles de género, los obstáculos culturales y educativos, y los determinantes sanitarios que afectan su día a día.
El proyecto contempla, además, la construcción de doce viviendas para mujeres que viven en condiciones de extrema precariedad. Paralelamente, se están distribuyendo kits de higiene personal y material educativo para sus hijos e hijas, en coordinación con los departamentos de Salud y Educación del distrito.
Durante nuestra visita también fuimos testigos del proceso de selección de las mujeres que, tras recibir formación en planes de negocio, accederán a un capital semilla no reembolsable para poner en marcha sus iniciativas. Se trata de fomentar el emprendimiento femenino no sólo como una vía de generación de ingresos, sino como una herramienta de empoderamiento y autonomía.
La estrecha coordinación con las instituciones locales está siendo clave para el desarrollo del proyecto: tanto en la identificación y seguimiento de las participantes como en la planificación y evaluación de las actividades. Esta implicación garantiza quela intervención esté enraizada en el contexto comunitario, cultural y político de Meki.
Pero en Meki, el verdadero éxito del proyecto no se mide únicamente en cifras: no es solo el número de negocios iniciados o de mujeres capacitadas. Lo que está ocurriendo es más profundo. Se está gestando un cambio cultural, una transformación en la manera en que estas mujeres se ven a sí mismas y en el rol que desempeñan en su comunidad. El trabajo no consiste únicamente en entregar recursos o formación técnica: se trata de sembrar la semilla de la autoconfianza, de la solidaridad, de la capacidad de decidir por ellas mismas.
Este proceso de transformación, sin embargo, no siempre aparece reflejado en los informes ni en las estadísticas. Se construye en lo cotidiano: entre reuniones, conversaciones y gestos de apoyo mutuo. Y, a veces, también en momentos inesperados.
Aquella madrugada de la que hablaba al comienzo, en plena temporada de lluvias, una descomunal tormenta descargó su furia sobre Meki. El sonido era ensordecedor: un mar de agua cayendo del cielo, acompañado de truenos que, como diría Carpentier, parecían venir de otra latitud. Al amanecer, el sol iluminaba un paisaje de barro, calles anegadas y charcos que reflejaban un cielo finalmente calmado.
Ese mismo día visitamos una de las casas en construcción. Amina, una de las mujeres participantes, nos recibió, junto a sus hijos e hijas, con una mezcla de orgullo y emoción. Nos mostró su antigua vivienda, insalubre y medio derruida, y luego nos llevó a ver la nueva, en construcción en el mismo terreno: ya techada y con las paredes levantadas, aunque aún sin terminar por dentro. Sonriendo, nos contó que esa misma noche habían dormido allí por primera vez. La lluvia entraba sin cesar en la casa vieja, inundándola con más de un palmo de agua, así que decidieron trasladarse a la nueva, todavía en obras. "Y así", nos dijo Amina con una sonrisa serena, “no nos mojamos y pudimos dormir tranquilos”.
Fue entonces cuando comprendí con más claridad el sentido de aquella frase que me había rondado la mente desde la madrugada. Tal vez, como sugería Carpentier, el comienzo de todo esté, en efecto, en una nube que revienta en lluvia. Porque en esa tormenta, en ese traslado urgente a una casa aún sin acabar, en ese gesto de resguardo y dignidad, hay un punto de partida. Uno real, íntimo y poderoso. Un comienzo nuevo.


